La mecánica de la paciencia

Actualizado: 11 de dic de 2020

Hace unas semanas recuperé un reloj de mi colección, ese día fui a encontrarme con el maestro del tiempo y la paciencia.


Siempre me han gustado los relojes. No sé si es curiosidad por conocer el tiempo o por simple estética. Así, a lo largo de los años fui coleccionando relojes que, año tras año, se iban quedando sin pila, todos detenidos en un estuche de recuerdos atemporales.


Caminando por la calle encontré una relojería familiar. Ahí conocí a Manolo, un maestro relojero que lleva más de cuarenta años en el oficio. Pensar que Manolo lleva todo este tiempo hablando, jugando, pensando, arreglando y hasta soñando con relojes, me fascina. Los relojes han sido su vida y su sustento desde que fue un ser independiente. Ha visto, literalmente, el tiempo pasar ante sus ojos mientras lo desmontaba.


Mientras Manolo le cambiaba la pila a mi reloj con monóculo en mano, empecé a pensar sobre la paciencia.


Supuse que sería un proceso de construcción a lo largo del tiempo. Si el tiempo en el que vivimos es lineal, esta cronología marcaría el ritmo de la vida y el aprendizaje. Entonces la paciencia sería uno de esos aprendizajes a lo largo de nuestra existencia.


Pero ya sabemos que el tiempo no se detiene, así que resistirse a su paso sería contraproducente. Entonces, gracias al gran maestro del tiempo, hemos encontrado la manera de adaptarnos, esperar, tener paciencia.


Y, ¿si nos ponemos a pensar que un maestro relojero vive el tiempo al revés? Pues para aprender a construir una estructura, primero tiene que desmontarla, y en este proceso, debe observar y aprender el cómo y el por qué está montada de dicha manera. Paso a paso y retrocediendo en el tiempo, este proceso, lleva al maestro relojero a encontrarse con mil enigmas por resolver; ya que el tiempo no solamente tiene su ritmo, también tiene sus trucos.


Mientras que Manolo abría la tapa del reloj con su destornillador y utilizaba la lupa bajo el foco de luz blanca para averiguar el código de la pila, sus manos no temblaban. Yo lo observaba a través de la ventana con admiración. Tras resolver de forma rápida y asertiva volvió con el reloj:

-“¡Cuánta paciencia! —comenté.”

-“¿Yo? —respondió —. ¡No!, bueno...puede ser, pero muchas veces me dan ganas de coger un martillo y romperlo todo.”

Pero, si Manolo, que era el maestro del tiempo, no era paciente, ¿cómo podría yo llegar a serlo? Luego se explicó mejor diciendo que la paciencia es algo que se aprende. Cuando estás en una encrucijada, entras en una pelea entre la paciencia y la frustración.

-“A veces hay que perder una batalla —dijo él—, pero no se puede perder la guerra.”


La simplicidad de Manolo me inspira. Constituye la prueba de que la paciencia se adquiere enfrentándose a los retos de la vida, sabiendo que puedes ganar hoy y perder mañana.


Lo cierto es que inequívocamente construiremos nuestras vidas sin siquiera saberlo, o incluso haber tomado consciencia de la forma. Pero, si planteamos la paciencia como un proceso mecánico referente a la “ciencia de la paz”, veremos que detrás de este conjunto hay mucho aprendizaje. Uno que nos ayuda a fabricar una vida llena de paz y tranquilidad.


Pensé en una metodología que podría ayudarnos a llegar hasta ese nivel de maestro relojero.


Lo primero, es la contemplación. Tras los sucesos que hemos vivido durante este periodo de pandemia hemos estado obligades a mirar hacia adentro en el taller del alma. Por fin, pude detenerme y abrir los ojos ante habilidades, deseos y nuevas maneras de construir la complejidad de una vida, la mía propia como prioridad.

*Para que esta metodología funcione, este primer paso debe convertirse en una constante.


Lo segundo, es volver a mí. Significa soltar el afán de controlar absolutamente todo a mi alrededor. En el pasado podía estar días enteros decodificando la mente del personaje que estaba al lado para no detenerme y mirar lo que fallaba en la mía. ¿Cuánta frustración puede traer la prisa por controlar lo que piensa el otro? O incluso, ¿la prisa por ser el o la primera en saber? Paciencia y ganas de soltar para volver a mí. Esto, con práctica, cada vez se hace más fácil y menos doloroso.


Lo tercero es que, como un reloj, somos un rompecabezas perfecto. Así, debemos comenzar a ensamblar las piezas de nuestro interior. Este paso es una mezcla de un todo: la contemplación se hace naturalmente y, mientras ensamblamos, debemos seguir soltando de forma mecánica. En sí, en la construcción del enigma del que hablaba Manolo, no cabe ninguna duda dado que, si una pieza no encaja, el reloj es inservible. El reto está en que funcione.


Falta algo.


No estamos solos. La paciencia la podemos encontrar dentro de nuestro propio proceso mecánico, pero debemos tener en cuenta que estamos en constante intercambio con el otro. El otro forma parte del rompecabezas. Antes he dicho que debemos soltar el afán por controlar lo que pasa a nuestro alrededor. Ahora, en nuestra nueva visión compleja de esta máquina, el otro debe comenzar a jugar un nuevo rol.


Siendo una pieza en nuestro rompecabezas, sin duda aportará en el desarrollo de nuestra paciencia ahora transformada en un proceso de dar y recibir. De la mano de la humildad, la paciencia se puede transformar en un arma poderosa con la cual podemos confiar no solo en nuestro proceso individual sino también en el criterio del otro y las maneras en que este nos puede ayudar a desarrollar nuestra complejidad y nosotres, en respuesta, ayudar en su propio proceso.


De este modo, podríamos decir que la “ciencia de la paz” es una constante búsqueda de lo que es útil tanto para el desarrollo personal como para el otro. Contemplando a solas, soltando a solas y construyendo juntes. En fin, siendo egoístas, en la mecánica de la paciencia y para vivir una vida llena de paz y tranquilidad, es imprescindible ser la pieza del rompecabezas del otro.



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