Mi autoridad - Poema

El día que me di cuenta que mi peor opresión son mi alcoholismo y mis adicciones entendí que la lucha no solo es en contra del sistema, también es en contra de mi propia represión. Las sustancias no solo sirven para divertir, también sirven para controlar. ¿Quién controla a quién? ¿Quién controla la droga? ¿Quién la produce y quien la vende? Es más, ¿quién la consume? Son preguntas que no me atrevo a contestar por que aún no sé la respuesta. La droga siempre ha sido buena para ser invisible. ¿Quién es el responsable? O mejor ¿Quién me educa al respecto?


Mi abuelo murió de cirrosis y a su vez, su padre. Mi padre prosiguió a vivir una vida dentro del alcoholismo lo que lo llevó a la miseria. A la traición. Y a darse cuenta de que estaba solo. Por un suceso traumático y al estar al borde de la muerte, lo dejó. El único amor de su vida: el alcohol. Mi papá vivía de mal humor y era un hombre que no creía en la terapia para la salud mental. A pesar de su bipolaridad, era de esos que pensaba que la depresión no existe y que todo se soluciona siendo fuertes y con la frente en alto. Al que madruga Dios le ayuda.


Entonces mi papá de borrachera y mi mamá cuidando las hijas y las propiedades para que el sorombo jincho de la perra no fuera a vender las cositas que teníamos, sino pa’ que.

Y así llego yo. Después de años de ver a mi papito borracho, trapo sucio y viejo, guayabo que duraba dos semanas y una tos ensangrentada, a seguirle los pasos. Que dramático es ser Colombiana y vivir en una familia donde reina el patriarcado. Desde donde yo lo veo, mi patriarcado es el alcohol y todo lo que eso conlleva. Nos quieren personas dormidas, cansadas, sin lucidez. Y que nuestro solemne objetivo sea la borrachera del viernes o del sábado, para estar muertas y sentirnos culpables el día después. Y entonces me cuestiono, ¿cómo me escapo? ¿Qué droga uso yo para salirme de la rutina y el aburrimiento? ¿Cómo trasciendo a otro nivel intelectual sin esa sustancia? Y lo peor: ¿Soy capaz?

El mundo está lleno de contradicciones y de contraindicaciones. Consumimos a criterio propio y nos destruimos. ¿Por qué? Antes de morir mi papá me pidió algo de corazón: “Valita, hágalo por mi: cero licor.” Supongo que ese día vio más allá. Vio como su vida, sus decisiones, sus errores se reflejaban en mi y supuso lo peor, supuso mi miseria y mi autodestrucción. Yo era él, él era yo. Personalmente no se porque tomé las decisiones que tomé; si fue por inconsciente reproche o por simple y frenético odio a la autoridad. A su autoridad y su constante contradicción. Cuatro hijas y ningún varón. ¡Qué tragedia tan barbara! Machista empedernido odiaba a las mujeres pero tenía grandes aspiraciones de cambiar el mundo para sus hijas: mujeres empresarias, financieras e independientes. Ese era su verdadero sueño.

Cuando murió mi papá ya no supe qué era la autoridad. Y todo se fue a la mierda. ¿La autoridad es un hombre? ¿Un hombre mayor? Un Jefe? Un terrateniente? Un presidente? Como una niña mi contestación fue inmediata. Si no permití que mi padre me diera órdenes, voy a dejar que cualquier pendejo o cualquier pendeja lo haga? No, no y no. Yo soy yo y puedo sola. ERROR. Esa era otra secuela que me había dejado el parásito de mi educación patriarcal. Yo no estoy sola. Al leer y repensar su petición le hablé: papá te lo agradezco pero si dejo de beber no será por ti porque aunque no lo creas, no muy tarde aprendí que la autoridad soy yo.

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