Siendo mi propia madre

Hace un par de meses tuve que hacerme una endoscopia. Fue una de las experiencias más desagradables de mi vida pero me llevó a conectar con mi cuerpo de manera palpable.


Meses atrás —o mejor, años atrás— a gritos mi cuerpo quería decirme: “¡estoy aquí!”. Previo al procedimiento del que voy a hablar aquí, recuerdo haber descrito el dolor “como si me estuvieran dando puños continuamente desde dentro”, sentía como si las paredes de mi intestino estuvieran cubiertas de hematomas. Sin embargo, este dolor era solo una consecuencia de años de maltrato gastrointestinal. Tengo un vago recuerdo de veces que, para calmar la gastritis en medio de una borrachera era capaz de echarme un shot de tequila, lo normal para quemar los males. Pero no quiero entrar en detalle del cómo porque lo más importante es la vuelta del alma al cuerpo y una primera experiencia corpórea no disociativa durante la cual yo fui mi propia madre.


El procedimiento fue tétrico. En una sala de hospital, en ayunas, en una ciudad a la que me acababa de mudar, una gastroenteróloga rápidamente y sin titubeos me da una breve explicación acerca del procedimiento. Entre nerviosa y perdida, lo primero que vi venir fue la boquilla de apoyo que mantendría mi boca bien abierta durante toda la sesión. Lo siguiente fue sentir como una enfermera auxiliar abrochaba dicha boquilla por detrás de mi cabeza mientras me recostaba sobre el costado izquierdo. Ya está, estaba atrapada. Lo primero que pensé fue si en una práctica BDSM sería esa la manera de abordarlo. De repente, recordé la frase de Kim Kardashian cuando la están entrevistando sobre el robo en París: “¿es aquí dónde me violan?”


Relájate Valeria, tú eres valiente y no es para tanto.


Enseguida, la buena doctora envainó su aparato y procedió a introducirlo en mi boca, un tubo fino (ni tan fino) que atravesó difícilmente mi garganta, se coló por mi esófago hasta llegar a mi estómago. Todo esto mientras la vieja narraba todo lo que estaba haciendo para mantenerme distraída, juro que hubo momentos en que sentí que lo estaba disfrutando y me dio mucho asco. Comenzaron las náuseas y ahí fue cuando entré en un viaje.


Mi cuerpo es un aparato. Mi cuerpo es inerte. Mi cuerpo es reductible. Tengo un cuerpo.


De golpe, mi cuerpo me habló. Yo, con la mano derecha sobre el vientre, sentía como un tubo infringía mi espacio gástrico y mi estómago me decía: “¿cómo hemos llegado hasta acá?” Jamás había sentido mi cuerpo tan conectado a la necesidad de mi alma de autocuidado y amor propio.


Se acabó la peor parte. El cuerpo había sido vulnerado. Tuve que quedarme unos minutos tirada en la camilla para procesar lo que acababa de pasar. En cuestión de segundos viajé en el tiempo. Era vieja, estaba enferma y el hospital era como mi segunda casa. Lloré. Lloré porque me dio tristeza verme tan desamparada y sola. No pude evitar pensar en mi mamá y en mi papá y en las innumerables veces que estuvieron ahí cuando necesitaba que me cuidaran. Esta vez no había nadie y por eso lo esencial era sostenerme yo.



La lágrima fue lo más importante porque señaló esa parte que no estaba siendo vista: aquella madre que habita dentro de mí y que no estaba siendo reconocida. Necesité varios minutos para reponerme y ponerme de pie tras la experiencia, lo que me llevó a entrar en un estado contemplativo acerca de la pregunta lanzada durante el procedimiento. La respuesta: “No podemos seguir así.” En aquel momento surgieron varias revelaciones que antes no era capaz de ver aunque estuviesen en frente mis narices.

  • El cuidado empieza en la casa

  • La cura está en el alma

  • La medicina es casera

  • La honestidad es mirar hacia adentro

  • Te toca sola porque solo tú puedes salir de esta


La metáfora de la vida es despiadada y a la vez benévola. La imagen de mi estómago por dentro era solo la materialización de mi dolor emocional. Tuve que literalmente mirar hacia adentro para ver que, efectivamente, había trabajo, y mucho. La madre en mí tuvo que abrirse para darme a entender que ya nadie más me iba a decir qué comer ni qué beber. Que la única que tiene control sobre su cuerpo soy yo y que si yo no hago nada al respecto la única que lo va a sufrir, soy yo. Es sola y únicamente mi responsabilidad.


Es complejo porque es la misma “excusa” que usaba para destruirme...solo que antes no era mi responsabilidad sino mi escapatoria. Aquí quiero decir que fue a través de la impotencia que sentí ese día que comenzó un diálogo honesto entre mi cuerpo y yo. Comenzando por aceptar que yo soy responsable de mi propio cuerpo, que yo soy mi propia madre, que yo no me puedo mentir a mí misma, que mi cuerpo aguanta pero tiene término, que ya no me puedo esconder detrás del alcohol, que ya no tengo 20 años y que ya es hora de aprender.

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